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Y me dio por llorar al mirar al cielo. Y extrane tus maneras toscas de quererme. Tu, que ni siquiera imaginas en que latitud del globo respiro, tu que duermes acompanado de sirenas que no huelen a romero y hierbabuena. Y desee que mi corazon de viaje hubiera hecho posada alguna vez en el tuyo, porque te ame a gritos sigilosos y espere hasta el agotamiento que tu me quisieras con silencioso estrepito. Y desde un pueblo de adobe y desierto que necesita al paisaje para ser hermoso, el atardecer del Himalaya de mirada languida y dormida me trajeron a la memoria, y a los labios, besos que me diste y todavia recuerdo, a pesar del tiempo, a pesar de todo. Y el gato que se acomoda en mi regazo y curva su espalda como un acordeon peludo, me devuelven a este fresco ocaso tan distinto al tuyo. Y vi nacer un rio a mi espalda y se lleno de nostalgia la caida del sol y de secretos deseos de no olvidarte nunca.
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